
El Puente Colgante, que cumplió el miércoles 117 años, 'otea' a los remeros de Kaiku
De Bilbao de toda la vida, su mundo se limitaba al espacio comprendido entre un puñado de puentes. Y fue al cruzarlos cuando esa vida ganó sentido. El primero que recuerda es el de Deusto. Al final del trayecto, esperaba un hombre degollado en ataúd de cristal. San Felicísimo. Fue su primera noción de lo que era la muerte. Y, también, del sentido de la vida. Pasados los años, volvió a cruzarlo para regresar con una copa de más o un beso de menos. Para parar el penalti que le llevara a Lezama o para sacarse la foto con birrete que ansiaban en casa. No fue culpa del puente que muchas de esas cosas no se cumplieran. Él sólo acercaba orillas.
El de La Salve es navegante sin serlo. Erguido, allá donde los marinos saludaban a la Amatxu de Begoña. Férreo, grande, grosero, intrigante. Más que puente, lengua burlona entre largos cables. Fue el refugio adolescente de amores furtivos y caricias vetadas. El destino de sus pasiones era una chica, presa de uniforme, que vivía en el Campo Volantín. Para ella, era algo más. Desde su ventana siempre vio intentos de suicidio y suicidios al primer intento. Tantos, que era capaz de sentenciar si la persona quería o no matarse. Dependía del lugar del salto y de llegada. Y así lo contaba. Sin histrionismos. Como algo que sucede por poner un puente.
El de El Arenal le recuerda a las castañas, al mazapán y a las Siete Calles. Tenía música, la del quiosco, y mucho ruido. El de los tacones y las voces bajo los paraguas. Le prohibieron cruzarlo en su día por algo que regalaban a los niños y llamaban droga. Como si la droga la regalasen y no estuviera en todas partes. Pasados los años, maquilladas las drogas y bajadas las aguas, regresó. Pero ya no olía a castañas y a mazapán, sino a kalimotxo, txistorra y libertad.
El del Ayuntamiento era diferente. Más sobrio. Hasta que la historia lo vistió de rojo y blanco. Recibimientos que parecían el fin del mundo o el principio de uno nuevo. Por una liga o por liga y copa. Por la buena liga o por la casi copa. Podría traer también recuerdos de dramas, de voces y gritos contra la violencia o, incluso, de gestiones administrativas desagradables. Pero la memoria es selectiva y caprichosa. En ella siempre llevará aroma a césped y gasoil de gabarra.
San Antón es Bilbao hecho puente. Hasta mediados del XIX a un lado la iglesia y al otro la plaza pública. Espíritu y carne. Y ganó la carne. Quiso el destino que encontrara, bajo él, a un compañero de pupitre que ni le reconoció ni recordó pupitre. Rekalde, más que puente, era acueducto. No por tamaño, sino por distancia social. Tan injusta como falsa. Puede que con las mejoras Rekalde sea ahora más Bilbao, pero perdió un balcón sobre raíles infinitos. El de la Rivera o San Francisco siempre le pareció tan frágil como las vidas que por él cruzaban. Tuvo este puente una canción que algunos otorgan erróneamente al de Vizcaya. El de La Merced, en su caso, ha sido cruzado poco con piernas y mucho con ruedas. Cantalojas es salto vital más que puente material. Miraflores y Euskalduna, dos grandes paréntesis. Y dentro de ellos, un mundo y dos pasarelas. La coqueta Pedro Arrupe y la resbaladiza Zubi-Zuri. Rontegi es una carretera en el cielo. Y el que une Las Arenas y Portugalete, una insinuante Torre Eiffel sobre la ría. Culpable, por cierto, de estas líneas. Este miércoles, el Puente Colgante cumplió 117 años.
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