vehicular sobre el , que comunica a Girardot con el municipio de Flandes, su construcción data de 1950, durante el gobierno del presidente Luis Mariano Ospina Perez (1946-1950) del cual deriva su nombre. Esta obra fue muy importante para el transporte terrestre porque conectó a los departamentos de Cundinamarca y y a su vez a la capital con el interior del país. Gracias a el, se pudieron traer mercancías desde el puerto de Buenaventura a Bogotá, en camiones y tractomulas, hecho que marcó el comienzo del fin del transporte de carga por la vía del .

El Ospina Perez es un de tipo colgante construído en acero y cemento, el cual permite el vehicular y además cuenta con dos pasarelas o andénes para el transito peatonal, a lado y lado de la carretera central. En la última remodelación le fueron construídos al unas barandas en el borde de las pasarelas para proteger a los peatones.

El Ospina Perez fue contratado, iniciado y concluído durante la administración del Excelentísimo señor Mariano Ospina Pérez.

Ministros de obras públicas:

Doctor Luis Ignacio Andrade

Víctor Archila Briceño

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Una vida entre puentes

El Colgante, que cumplió el miércoles 117 años, 'otea' a los remeros de Kaiku

De Bilbao de toda la vida, su mundo se limitaba al espacio comprendido entre un puñado de . Y fue al cruzarlos cuando esa vida ganó sentido. El primero que recuerda es el de Deusto. Al final del trayecto, esperaba un hombre degollado en ataúd de cristal. . Fue su primera noción de lo que era la muerte. Y, también, del sentido de la vida. Pasados los años, volvió a cruzarlo para regresar con una copa de más o un beso de menos. Para parar el penalti que le llevara a Lezama o para sacarse la foto con birrete que ansiaban en casa. No fue culpa del que muchas de esas cosas no se cumplieran. Él sólo acercaba orillas.

El de La Salve es navegante sin serlo. Erguido, allá donde los marinos saludaban a la Amatxu de Begoña. Férreo, grande, grosero, intrigante. Más que , lengua burlona entre largos cables. Fue el refugio adolescente de amores furtivos y caricias vetadas. El destino de sus pasiones era una chica, presa de uniforme, que vivía en el Campo Volantín. Para ella, era algo más. Desde su ventana siempre vio intentos de suicidio y suicidios al primer intento. Tantos, que era capaz de sentenciar si la persona quería o no matarse. Dependía del lugar del salto y de llegada. Y así lo contaba. Sin histrionismos. Como algo que sucede por poner un .

El de El Arenal le recuerda a las castañas, al mazapán y a las Siete Calles. Tenía música, la del quiosco, y mucho ruido. El de los tacones y las voces bajo los paraguas. Le prohibieron cruzarlo en su día por algo que regalaban a los niños y llamaban droga. Como si la droga la regalasen y no estuviera en todas partes. Pasados los años, maquilladas las drogas y bajadas las aguas, regresó. Pero ya no olía a castañas y a mazapán, sino a kalimotxo, txistorra y libertad.

El del Ayuntamiento era diferente. Más sobrio. Hasta que la historia lo vistió de rojo y blanco. Recibimientos que parecían el fin del mundo o el principio de uno nuevo. Por una liga o por liga y copa. Por la buena liga o por la casi copa. Podría traer también recuerdos de dramas, de voces y gritos contra la violencia o, incluso, de gestiones administrativas desagradables. Pero la memoria es selectiva y caprichosa. En ella siempre llevará aroma a césped y gasoil de gabarra.

San Antón es Bilbao hecho . Hasta mediados del XIX a un lado la iglesia y al otro la plaza pública. Espíritu y carne. Y ganó la carne. Quiso el destino que encontrara, bajo él, a un compañero de pupitre que ni le reconoció ni recordó pupitre. Rekalde, más que , era acueducto. No por tamaño, sino por distancia social. Tan injusta como falsa. Puede que con las mejoras Rekalde sea ahora más Bilbao, pero perdió un balcón sobre raíles infinitos. El de o siempre le pareció tan frágil como las vidas que por él cruzaban. Tuvo este una canción que algunos otorgan erróneamente al de . El de La Merced, en su caso, ha sido cruzado poco con piernas y mucho con ruedas. Cantalojas es salto vital más que material. Miraflores y Euskalduna, dos grandes paréntesis. Y dentro de ellos, un mundo y dos pasarelas. La coqueta Pedro Arrupe y la resbaladiza Zubi-Zuri. Rontegi es una carretera en el cielo. Y el que une Las Arenas y Portugalete, una insinuante sobre la ría. Culpable, por cierto, de estas líneas. Este miércoles, el Colgante cumplió 117 años.

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Renovación. El puente no dejará de funcionar mientras duren las obras.

Renovación. El no dejará de funcionar mientras duren las obras.

Usuarios reciben con escepticismo los cambios en la estética de una de las señas de identidad de

«Desde que recordamos, ha sido negro y se nos hará un poco raro verlo de otro color»

«Está bien que se adapte a los tiempos porque tiene que seguir dándonos servicio muchos años más»

IMPRESIONES CON NOMBRE Y APELLIDO

MIKEL TORRES | ALCALDE DE PORTUGALETE

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Los técnicos aconsejan aliviar el negro azabache y plantean acercarlo al marrón oscuro del de la

¿De qué color es la de París? Piénselo un momento. Si su respuesta ha sido «negra», se ha equivocado, pero no pasa nada. Según una reciente encuesta, el 95% de las personas que visitan este monumento piensan que es de tono azabache cuando en realidad es de un marrón oscuro, muy parecido al del champán. Además, ha cambiado varias veces de color.

Al igual que el famoso emblema parisino, el Colgante de , nombrado por la Unesco en 2006, cambiará también muy pronto de tonalidad. La ambiciosa reforma a la será sometido a partir de septiembre -la mayor desde su reconstrucción tras la Guerra Civil y una de las más importantes en sus 117 años de historia- para consolidar su y cambiar las partes desgastadas por el uso traerá también una novedad impactante para el transbordador: el adiós definitivo a su riguroso luto y un futuro en color.

El trasbordador, que comenzó a construirse en 1890, presenta indicios de corrosión en algunas piezas, según los técnicos.

Las razones que se esconden detrás de la decisión son técnicas. Los ingenieros que han estudiado su durante más de dos años recomiendan aliviar el negro azabache, ya que esta tonalidad absorbe tal cantidad de radiación que provoca variaciones en su esqueleto metálico de hasta varios milímetros suplementarios por cada grado centígrado en verano. Episodios como el bloqueo de la barquilla hace un par de años por una dilatación extrema de sus rodamientos podrían evitarse si el vistiera el mismo color de su pariente francesa. Aquella llega a medir hasta 18 centímetros más en verano por este fenómeno térmico.

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No hace aún tanto tiempo hubo en Puentelarrá otro , distinto del que dio nombre al pueblo, y del que nadie se ha ocupado todavía. No sabemos en qué circunstancias se construyó, ni qué papel le correspondió jugar. Y, sin embargo, existe allí, junto al río, un lugar llamado Colgante. Quizás este aparente vacío documental sea la razón de que historiadores lo hayan ignorado hasta ahora. Pero cuando nuestras instituciones emprenden la tarea de inventariar los así llamados elementos menores del patrimonio arquitectónico, se podría esperar que un situado en un emplazamiento de valor estratégico, con envergadura para salvar 60 metros de luz a 7 metros de altura sobre el cauce del , no fuera tomado por una barcaza arrastrada por sogas.

Sin embargo, el libro Patrimonio Arquitectónico en la Cuadrilla de Añana, Elementos Menores (2008) escrito por Victoriano Palacios Mendoza y José Rodríguez Fernández, deja ver claramente que no se ha hecho una verdadera inspección del terreno, que se ha tratado con superficialidad la toponimia y se han malinterpretado los documentos existentes sobre los antiguos pasos del en Puentelarrá.

En las páginas que dedican a los , los autores se extrañan (pág. 397) de que haya existido en Puentelarrá otro en las proximidades del de piedra. Pero es la cercanía del gran arruinado lo que explica la necesidad de construir no «un de hierro (al uso del famoso de Bilbao)», como especulan, sino un alternativo de bajo coste y más acorde con los tiempos inseguros que corrían a finales del S. XIX. No sólo ignoran la existencia de restos materiales, sino que desconocen la configuración del terreno en la zona donde estaba el colgante, especialmente el difícil acceso al cauce. Tras comentar una referencia de 1878 a la construcción de una barca «que aclaraba de forma meridiana el problema», convierten el colgante de Puentelarrá en una fantasíal: «El colgante limitaría pues [sic] a una barcaza tirada por sogas desde las orillas del ». La explicación que nos dan: «tal vez para desahogar el de mercancías en el de piedra», sin duda hubiera divertido a Petra Salazar (1845-1948), la última barquera.

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