Puentes para el disfrute o la nostalgia
GUSTAVO CATALÁN Puentes cargados de historia, con una solidez a prueba de siglos y otros que parecen levitar. De los puentes lisboetas sobre el Tajo o el puente Khaju, en Isfahan y provisto de dos pabellones centrales para descanso de los monarcas, al puente de Brooklyn o el Golden Gate; del puente Karlos en Praga al de Oporto cual gaviota o al de la Perla en Japón, con el marchamo de ser el colgante más largo del mundo.
Puentes para admirar desde lejos: el Puente de la Torre de Londres o el de los Suspiros, de antiguos reos y hoy para enamorados. Algunos privilegiados por el entorno (el puente Gálata sobre el Cuerno de Oro, el Des Arts sobre el Sena…) mientras otros se resumen en sí mismos como el Vecchio de Florencia, repleto de joyeros tras ser desterrados de sus inmediaciones los “oficios viles”. O el de Las Cadenas, en Budapest. Los puentes todos, si tienen entidad, producen una extraña fascinación y pueden inspirar desde páginas literarias al modo de morir o un rato de placer sin parangón. Recuerden a Ivo Andric y su Puente sobre el Drina, río que establece la frontera entre Bosnia y Serbia. Szymborska o Arthur Miller apelaron al puente para titular alguna de sus obras y, desde un puente, se arrojó al Sena Paul Celan y al Duina Ángel Ganivet. Por lo que hace al placer, el que yo mismo obtuve bajo el puente de Amarapura en Birmania, cerca de Mandalay. Un puente de teca cuyo constructor fue ejecutado por el rey al carecer del preceptivo permiso aunque, afortunadamente, no fue demolido. El lago que cruza se seca en verano, y unas tortas de camarones regadas con agua de coco, entre sus pilastras, alegran la boca y el corazón.
Sin embargo, otros abocan a la tristeza. A los puentes sin agua les han robado el futuro y es que un puente sin río, sin lago, tiene algo de anciano que carga una soledad vacía de expectativas. El lecho seco, otrora su espejo, lo aboca a una existencia mortecina, a la frustración por una jubilación sin alternativa siquiera por la extinción, y ésa su nostalgia por lo que pudo ser, créanme que la trasmiten cuando se contemplan desde abajo, que es como el ingeniero Fernández Ordóñez aconsejaba admirarlos. Es precisamente lo que sentí hace unas semanas en Valencia, paseante por el antiguo cauce del Turia hoy desecado, convertido en arbolado bulevar y espacio para exposiciones y canchas deportivas. El puente de Serranos, del siglo XVI y junto a la torre del mismo nombre, se ensimisma mientras contempla atónito sus pies en seco, y es que lo del puente a la alameda, en boca de María Dolores Pradera, no rezaba con él; no de esta forma o no se lo advirtieron a él ni a sus hermanos: el del Real, la Calatrava o el de las Flores, actualmente humillados frente a los ultramodernos que les siguen de camino hacia el Museo de las Ciencias.
Los puentes nos han acompañado desde tiempos inmemoriales, facilitado la convivencia y enriquecido el lenguaje con su inequívoca simbología. Un puente destruido, sea por la violencia humana o de los elementos desatados, es exponente del desastre sin mesura aunque, en contrapartida, pueden tenderse puentes sobre el abismo, por encima de antagonismos y, a enemigo que huye, puente de plata. Para el entendimiento personal o entre culturas nada mejor que el puente, y su defensa ha jalonado la historia de muchos pueblos. También se puede dormir bajo uno de ellos como último refugio, puentear al coñazo de turno, para los niños pues sur le pont de´Avignon, y del puente cualquier fin de semana qué les voy a contar. Sin olvidar el de los dientes y que fue en su día motivo de reflexión en esta columna.
Puentes para la alegría del reencuentro aunque, siquiera como excepción, haya alguno prescindible y me refiero al de Allenby, un puente policial que debe cruzarse para entrar a Israel desde Jordania. Algunos para que los amantes prendan candados en prueba de su eterna pasión (puente Uzubio, en Lituania) o, llevados al cine, recuerden el puente sobre el río Kwai, construido por prisioneros británicos en ocho meses y volado en segundos. El dominio del hombre sobre su entorno (inquietante, por cierto, vistos algunos resultados) se hará patente una vez más en el proyectado sobre el estrecho de Messina y, fruto de mi atracción por ellos, no puedo resistirme a recomendarles algún otro: el Firth of Forth, cerca de Edimburgo, o los puentes de Hamburgo entre muchos más que, en eso confío, me aguardan inmutables en años venideros y sobre el agua, quiero creer.
Tal la seducción por los puentes desde mis años mozos, que llegué a confiar en Los tres Sudamericanos por si pudiera suceder que construyeran un puente desde Valencia hasta Mallorca / sin necesidad de tomar el barco o el avión. Aunque bien pensado, mejor lo dejamos. No fueran a venirse, aprovechando tanta facilidad, los de la trama Gürtel. Siquiera por empatía con sus innumerables colegas de acá y, para esos mimbres, ya nos sobramos solos.





