Un paseo indispensable para captar la esencia de

Contrafuertes de piedra y una lírica catenaria de cables de acero. El crítico de arte comparó esta grandiosa obra de ingeniería con una torre Eiffel horizontal, a la que precedió en seis años.

No sé por qué, 2004 ha sido el año que más puentes he atravesado. Crucé el Moldava por el de Carlos. Crucé el Neva por el de la Trinidad. Crucé el Danubio por el de los Leones. Crucé el Moscova por el Novoarbatski. Crucé el Sava por el de Branko. Crucé el Tíber por el Ponte Sant’Angelo. Crucé el Sena por el Mirabeau. Crucé los puentes de hierro oxidado sobre el inmenso Paraná, en Gualeguaychu, y el no menos caudaloso río Santa Lucía a la entrada del antiguo Montevideo.

Y ahora estoy atravesando el por el de . ¿Cuál de ellos será el de mis sueños? Aún me quedan otros muchos puentes y ríos por transitar. El verano está agónico, pero se prolonga en la luz del atardecer. Dejamos atrás y vamos hacia pisando los tablones de madera del paso de peatones. Está a unos seis metros por encima del asfalto, rodado permanentemente por infinidad de automóviles. Desde aquí un suicida no podría alcanzar las aguas benéficas, sino que se estrellaría sobre los capós. Alcanzaría entonces una muerte más burda, menos heroica. ¿Qué pensarían Houdini o Robert Odlum? Este último fue el primero en saltar desde el . No lo hizo por ninguna causa justa, sino tan sólo por ganar una apuesta. La ganó, pero apenas tuvo tiempo para disfrutarla, pues a las pocas horas de llevar a cabo esta calculada proeza, murió repentinamente. Era mayo de 1885. El colgante, diseñado por , llevaba ya dos años funcionando.

Desde el paso elevado, los peatones que vamos siendo rebasados por los corredores y ciclistas tenemos más a mano toda la compleja nervadura. Sentado en uno de los bancos, colocados a cada poco, observo los cables inclinados y los cables verticales de suspensión sosteniendo las vigas del tablero. Estoy inmóvil en el aire, a mitad de camino entre y . El a mis pies: denso, deshabitado, sin fluir. Los dobles arcos neogóticos de despidiéndome, esperándome los de . Esta mitad del camino, este poder elegir entre continuar o regresar, esta tierra de nadie en medio del aire es, como escribió Whitman, la mejor medicina para el alma.

Columbia Heights

El alemán Roebling proyectó el . Un barco le aplastó un pie y murió gangrenado. Su hijo Washington continuó la obra. Contrajo la enfermedad del buzo y quedó parcialmente paralizado. Lo ayudó desde entonces su mujer. Él dirigió las obras asomado a una ventana del número 110 de Columbia Heights. Hart Crane, a quien se le debe la mitología literaria de esta gran obra de ingeniería, vivió años después en el mismo inmueble. “Cada vez que uno mira desde el puerto la línea del cielo de que cruza el río, es bastante diferente”. La casa no existe. Fue sustituida por un elegante edificio de apartamentos. Da al río y conserva la vista del en toda su grandeza. Después de vivir en este lugar durante el año 1924, tras finalizar el largo poema épico titulado El , en 1929, Crane viajó a México. Al retornar se suicidó lanzándose por la borda de El Orizaba a las aguas del golfo de México, en abril de 1932. de la alegría y del dolor. La madre del poeta pidió ser incinerada y sus cenizas fueron arrojadas al desde el de . Crane, por su parte, cuando murió, apenas contaba con 33 años, la mayor parte de los cuales los vivió como un borracho crónico. Así describió en estos versos al mito moderno de la técnica y la máquina: “Arpa y altar, trenzados por la furia. / ¡Cómo pudo el esfuerzo alinear tus cuerdas!, / terrorífico umbral y prenda del profeta, / oración de los parias y gemido de amante…”. Trabajaron durante 16 años para levantarlo más de medio millar de obreros. Muchos de ellos perdieron la vida.

Al fin avanzo hacia Heights y Park Slope, históricos distritos residenciales. Casas del siglo XIX, de pocos pisos con jardines, inspiradas en la arquitectura europea, van saliendo a nuestro paso. Cafés, tiendas de todo tipo, también de antigüedades. Hasta que nos topamos con el River Café, a los pies del y cara al . , al fondo, sin las Torres Gemelas. Subimos por Everitt Street hacia Columbia Heihgts y Heights. En el número 24 hay un cartel que informa que aquella casa es una de las más antiguas, construida en 1824. En Willow Street con Cranberry buscamos el número 70, donde Truman Capote escribió A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s, que se inicia así: “Regresar a los lugares donde he vivido, las casas y su vecindad, me atrae siempre de forma irresistible”. En el número 155 pasó algún tiempo Arthur Miller. Casa de ladrillo rojo, de dos o tres pisos, con amplias ventanas que dan a calles estrechas y silenciosas. En Cranberry Street vivió “el hijo de ”, como así le gustaba apodarse al propio Whitman, cuando trabajaba en el Eagle, y por allí cerca estuvo la imprenta en donde se tiró Hojas de hierba, entre Cranberry y Fulton. En el número 142 de Columbia Heights vivió muchos años Norman Mailer.

Criaturas de la luna

Va anocheciendo. Bajamos por Pierrepont Street. Pierrepont es paralela a Montague Street. Ambas van a dar al paseo sobre el . De repente, choco con la visión de . Los rascacielos están iluminados por la luz eléctrica de las oficinas y se les ve vacíos de inquilinos. Son como grandes faros iluminando la ciudad de manera dispendiosa. El día fue de una extraordinaria claridad, despejado, y también así cae la noche, alejada de brumas. Me apoyo sobre la barandilla a espaldas de un pequeño monumento en recuerdo de la guerra de la Independencia. me gusta aún más desde fuera que desde dentro. Desde fuera es como contemplar unas grandes esculturas animadas. Cada uno de esos atlantes es un faro en la noche. ¿Alguna vez estarán apagadas todas las luces? “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. / No duerme nadie. / Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. / Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan…”, escribió Lorca.

W. H. Auden, vecino en otros tiempos de Montague Terrace, que debió contemplar muchas veces esta misma vista a idéntica hora, comentó: “¿Hay algo más aterrador que un moderno edificio de oficinas?”. brillando en la oscuridad por cientos de oficinas vacías, como la del impasible escribiente Bartleby de Melville. Son como una multitud de panales iluminados por la linterna del apicultor. La luz de todos los rascacielos encendidos podría competir con la del sol, con la de la luna llena, o con la de la constelación del Zodiaco pintada sobre la cúpula de la entrada principal de la Grand Central Station. Esta cúpula, estas bóvedas tabicadas reforzadas por cemento de alta calidad, fue ideada por un español, el valenciano Rafael Guastavino y Moneo (1842-1908). El artista fue Paul Hellen, un pintor francés. Conociendo la latitud de , la composición representa la vista de un cielo mediterráneo en invierno. Inspirándose en un manuscrito medieval, diseñó un zodiaco con más de 2.500 estrellas, 60 de ellas iluminadas. Al de le da lo mismo la luz natural o la eléctrica. Marianne Moore dijo: “Siempre está silueteado por la luz del Sol o la de la Luna”.

Maravilla ‘

Contemplo la luz blanca de los infinitos neones de . Me parece tan pura que calma la angustia. Rascacielos como el Empire State, que resistió, en 1945, el impacto de un bombardero B-52 contra el piso 69. Rascacielos como el Radio Corporation of America (RCA). El Met Life, sobre el complejo de la Grand Central Station cortando la visión de Park Avenue. El edificio neogótico Woolworth. El Equitable. El Daily News. El American Standard. El General Electric, acabado en una torre neogótica truncada. O el Chrysler, con su pináculo de aluminio pulido, proyectado por William van Alen, una de las maravillas del . Hasta el zepelín Hindenburg atravesó rozando las agujas de estos mismos rascacielos. Y sobre estas moles, los dioses desterrados. Y sobre estas nuevas catedrales y templos de la soberbia del hombre, los dioses desamparados. Apolo-Zeus-Moisés, en una escultura de Laurie Lee en la puerta principal del edificio del RCA. Ángeles caídos de Noguchi levantados en acero, en la puerta de acceso al edificio de la Associated Press. Un Prometeo de Paul Manship en la plaza del Rockefeller Center.

El pináculo del Chrysler parece un fragmento del casco de Minerva o del casco de la estatua de la Libertad con uno de sus rayos fulgurantes. Encima de la fachada principal de la Grand Central Station se asoma un Mercurio. Sirenas cuelgan en el edificio de la American Telephone and Telegraph. Y la estatua de Diana es una tímida diosa protectora en el Madison Square Garden o en la National Academy of Design.

Veo desde . Ahora contemplo el también iluminado en su vientre por las luces de cruce de los automóviles. está atravesado por otros magníficos puentes. Por ejemplo, el de George Washington es dos mil pies más largo que el de , y su estructura metálica atraviesa el Hudson. Para Mies van der Rohe, era su construcción favorita en esta ciudad. Realmente es de una impresionante belleza, pero el de es algo más que mera arquitectura e ingeniería.

Regreso en dirección contraria por el avanzada la noche. Un taxi me devuelve a Lexington Avenue. Ir de a es como ir del campo a la ciudad. “¿Verdaderamente quiero ir a la ciudad? / Aquí hay luz y gatos / y pájaros que viven en el cielo / y metal que hay que pintar para / que no se oxide, motivo de intensa reflexión / ahí entre las plantas y entre los insectos / y bichos que haya, por ahí, los que sean…”, escribió John Ashbery.

 

Por CÉSAR ANTONIO MOLINA, leído en EL PAÍS (26/02/2005)
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El nervio del de 8.0101

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